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El temporal pone patas arriba toda la comarca

Inundaciones en Santa Olalla Inundaciones en Santa Olalla

Los Corrales de Buelna ha sufrido hoy jueves el envite del río Besaya como pocas veces se recuerda en un valle acostumbrado a los empujes de ese río. Más que un envite fue todo un órdago que llegó a cortar el acceso al municipio desde el norte, dejando una única carretera de entrada, desde la Autovía de la Meseta por la calle Galicia. Otra de las imágenes del día la ofreció un río que llegó a pasar por encima del puente de Somahoz, una carretera cortada durante toda la jornada que dejó aislado el barrio de San Andrés. Otra de las vías cortadas fue la Avenida Cantabria a la altura del IES Estelas de Cantabria, que tuvo que suspender las clases. Y los accesos por el sur al polígono industrial de Barros también quedaron cortados al tráfico.

A las dos de la madrugada se instalaba en el salón de plenos del Ayuntamiento un puesto de mando avanzado para coordinar los esfuerzos de 150 miembros de Guardia Civil, Protección Civil, bomberos, Policía Local y operarios del Parque de Obras y Servicios municipal. Con ellos estaba la alcaldesa, Josefina González.

Pronto comenzaron a llegar las noticias sobre los cortes de las carreteras de acceso a Los Corrales por Cieza o Las Caldas de Besaya y Barros y se decretó el cierre del puente de Somahoz. En ese momento ya solo se podía llegar al pueblo por la calle Galicia desde la A-67.

Protección Civil tenía a primera hora de la mañana más de 30 bombas achicando agua en garajes de toda la localidad. Mientras, iban llegando más noticias preocupantes. En el barrio del Coiño el agua se llevaba la nueva escollera e inundaba la zona. En Coo un argayo cortaba la carretera, unica para llegar al pueblo. En Las Caldas el agua no dejaba opción a utilizar la carretera. En ese pueblo hubo que rescatar a tres personas que quedaban atrapadas por el río, y en el polígono a un camionero que tuvo que dejar en Barros su vehículo, como tuvieron que hacer otros trabajadores a lo largo de la mañana.

Con lágrimas en los ojos la alcaldesa, en contacto directo con el delegado del Gobierno, Pablo Zuloaga, recomendó a las 12 del mediodía que nadie saliera de casa. Los efectivos estaban desbordados, reconocía, y se daba prioridad a «las urgencias médicas o vitales», como ratificaba el jefe de la Policía Local, Tomás Gutiérrez. La alcaldesa también envió un mensaje de tranquilidad, aunque reconocía que «nunca hemos visto nada igual». Sobre las dos de la tarde se unieron los efectivos del UME a las tareas de prevención y evacuación a la espera de que remitiera el temporal.

«El río Cieza nunca había llegado ni de cerca a esta altura»

El alcalde de Cieza, Agustín Saiz, lleva toda la vida viviendo en el valle, cerca del río que le da nombre y ayer afirmaba que «el río Cieza nunca había llegado ni de cerca a esta altura». Lo decía sobre la una del mediodía, cuando habían logrado retirar un argayo a la altura de la Rueda que había dejado incomunicado el valle por los accesos a Los Corrales y la Nacional 611. Varios desprendimientos afectaban a las carreteras y en muchas viviendas los vecinos achicaban agua como podían ante una subida histórica del río Cieza, que a media mañana pasaba por encima de todos los puentes del valle, como confirmaba un alcalde que tuvo que echar mano de maquinaria propia y ajena.

Santa Olalla, comido por el agua

molledo. Cuando los vecinos de Santa Olalla se fueron a la cama el miércoles sabían que la noche iba a ser larga. Una única oración en cada casa del pueblo: que parara de llover. Pero la Naturaleza es inclemente y el agua no cesó en ningún momento. Sobre las tres de la madrugada Arancha se levantó. No podía dormir. Lo hizo con la esperanza de que el río bajara con menos fuerza, pero fue todo lo contrario. Ya había desbordado el puente de acceso a Santa Olalla. Levantó a su marido, Isamael, y fueron a casa de su madre, para ayudarla a sacar a la abuela, Anita, de 87 años. «He visto muchas crecidas del río, pero nunca llegó el agua tan arriba», decía después, alojada en los cálidos salones del colegio Torres Quevedo de La Serna de Iguña. Estaba tranquila porque los suyos estaban bien, con esa actitud ante lo inevitable que solo da la edad.

La madrugada fue frenética. Cada cual hacía lo que podía llevando lo imprescindible, lo más importante, de los pisos bajos a los de arriba, salvando lo que podían. Antes de las seis de la mañana se decretó la evacuación del pueblo. Desde Presidencia Paula Férnández Viaña, vecina del valle, pudo contactar con la primer teniente de alcalde de Molledo, Verónica Mantacón, y  se habilió el pabellón deportivo del colegio de La Serna para albergar a unos 60 vecinos del pueblo que se esperaba sacar por una carretera de media montaña que allí llaman el paso del Mulo.

Pero los joyetos (gentilicio de Santa Olalla) no querían moverse, abandonar sus casas. El dispositivo se pausó porque se esperaba una mejoría de las condiciones meteorológicas y del río.

Pero no fue así. Arancha era una de las vecinas que se habían concentrado en las casas del centro de Santa Olalla, «30 años viviendo aquí y no había visto nada igual». «Hemos cogido un chandal cada uno, al perro y al gato, y nada más, el resto lo hemos llevado al piso de arriba». El trabajo estaba hecho. Lo ratificaba su marido, Ismael, ocupado echando una mano a quien lo necesitara. Arancha miraba al cielo: «¿que qué siento?, impotencia porque no deja de llover».

Algunos luchaban contra lo invencible, poniendo parches en portillas para evitar un caudal que se abría paso algo más allá para enfado de un pueblo en el que la tensión empezaba a crecer. Sobre las nueve y media tiraron una pared que obstaculizaba el caucel del río, pero ya no había remedio.

Verónica Mantecón cogió a Fernando y Fonsi y les metió en su coche. Estaban preocupados. Fueron los primeros que tuvieron que dejar su casa a la entrada de Santa Olalla y allí se quedaron medicamentos imprescindibles para ellos, además del móvil. Había que dar toda la vuelta al valle pero les metió en su pequeño coche y se fueron. Pasadas de largo las nueve de la mañana estaban de nuevo en Santa Olalla. Los tres con caras de cansados. Como el resto de vecinos al calor del hogar en casa de los Navarro. Una casa que olía a fuego de chimenea y café de puchero. Fuera, los jóvenes iban de aquí para allá, cogiendo maletas donde meter lo imprescindible, por si acaso, porque para disgusto de todos, no cesaba la lluvia y el agua seguía subiendo.

A las nueve y media llegaba la alcaldesa, Teresa Montero, tras una gira por un pueblo en el que el agua hacía estragos, en Cobejo, en la carretera a Silió, en Santa Cruz. Junto a Verónica Mantecón decidieron que había llegado el momento de evacuar el pueblo. El agua llegaba ya al centro de Santa Olalla y la única carretera de escape, el paso del Mulo, corría riesgo de volverse impracticable. Eran las diez menos cuarto de la mañana cuando se tomó la decisón. Entonces algunos preguntaban la hora porque parecía que había pasado todo un día.

La Guardia Civil recomendó salir del pueblo todos juntos para evitar contratiempos mayores, a ser posible en vehículos altos porque a esa hora los turismos ya pasaban mal por el único camino hacia Molledo.

Los efectivos de la Guardia Civil iban casa por casa avisando a los vecinos. En dos de ellas les contestaron que no abandonarían su hogar. Pero no había tiempo que perder. Sobre las 11 del mediodía el dispositivo arrancó, comprobando que la carretera empezaba a presentar muchos problemas por los ríos que bajaban por las laderas, uniéndose en la calzada para tomar más fuerza.

Concha, una de las vecinas más veterana de Santa Olalla, tenía otra forma de verlo todo. «Llover ha llovido así muchas veces y el agua ha subido mucho pero antes nos teníamos que quedar en casa, que no había cosas de estas», decía, en alusión al todo terreno en el que viajaba, abriendo camino al resto de vehículos que poco a poco iban abandonando un pueblo tragado por el agua.

En uno de esos coches iba Pedro Luis con su madre. El día se estaba haciendo largo. Se había levantado a las cuatro de la mañana alertado por su vecino. Tuvo la ayuda de los bomberos para sacar a su madre de casa, cuando el agua ya superaba los 30 centímetros. «Aún no me he hecho a la idea de lo que he visto», reconocía al llegar al colegio Torres Quevedo. Era una de las muchas personas que habían pasado lo peor, el agua entrando en sus casas sin remedio, quedándose con la duda de qué se encontraría a la vuelta y cuándo podría regresar.

También fue una de las personas que contempló como troncos y ramas bloqueaban el paso del agua bajo los puentes, empeorando más si cabe la situación. Teresa Montero ya había incidido en ello desde Santa Olalla: «entiendo el enfado de la gente, como no, pero algunas de las cosas que pasan vienen por la imposibilidad de limpiar adecuadamente los ríos, a pesar de nuestras constantes reclamaciones ante la Confederación Hidrográfica del Cantábrico». Entre tanto hablaba con la dirección de la residencia de Madernia, en Molledo, para saber si había posibilidad de que algunos vecinos que no encontraran alojo pudieran pasar la noche en ese edificio. Algo que confirmó la directora. Había camas libres para los vecinos que lo necesitaran.

Al colegio de La Serna había llegado una veintena de personas desalojadas de Santa Olalla. El resto se iban a quedar en las casas de familiares y amigos. El profesorado y trabajadores del colegio habían dispuesto todo para acoger con calor ambiental y humano a los vecinos que iban llegando. Incluso de algún lugar habían sacado un cajón lleno de zapatillas de toda la vida, para sentirse como en casa. Y no dejaban de llegar llamadas de otros habitantes del valle e incluso empresas y comercios ofreciendo alimentos. La lluvia había podido con lo material, pero no con la solidaridad.

Fotos de la jornada, enviadas por oyentes a Radio Valle de Buelna

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